Hoy en día, la mitad de la población femenina sufre de violencia, no solo física sino también emocional y psicológica. Como consecuencia de ella una de cada tres mujeres muere en manos de su “pareja”. Estas mujeres pueden ser nuestras madres, hermanas, vecinas o alguna amiga, ellas sufren distintos tipos de daños en su persona.
Muchas mujeres aún hoy, en pleno siglo XXI, viven en cautiverio, sin que lo notemos sin darnos cuenta porque su cárcel ha sido astutamente construida por el déspota de su esposo, le ha encarcelado sus sentimientos, su autoestima, su fe en si misma y muchas veces, hasta su deseo de vivir. Pero viven, se aferran a la esperanza de que su maltratador un día cambie, aunque muy en el fondo saben que eso no pasará. Mientras tanto se resignan, añorando los recuerdos de tiempos pasados en los que podían llamar y hablar con el mundo exterior sin que nadie las controle con ¿Quién?, ¿Qué? y ¿Cuándo? Cuando te encuentras con una de ellas, esta te regala un tímido saludo, lleno de angustia y temor, mientras te dice que todo está bien. No te pueden decir la verdad, no se atreven, porque aunque su carcelero no esté presente, simplemente está en sus vidas, en todo lo que hacen, y estas víctimas sienten sus cadenas que las atan, aunque no se vean.
Las mujeres que son maltratadas, humilladas, quieren, desean y necesitan tener comunicación con sus familiares y amigos, pero este señor se encargó de destruir cada relación y lazo con ellos.
Siempre tiene algo que criticar de sus amistades, de su familia y cada vez aleja más a la mujer de toda persona que pudiera hacerle bien. La situación es difícil para ellas porque si las descubren “desobedeciendo su órdenes” les espera una gran gama de insultos, humillaciones, y hasta golpes por atreverse a llamar a un familiar o compartir algo con una amistad, de las pocas que le quedan. Este hombre no conoce límites y ellas no saben ponerlos, la palabra “basta” no figura en su vocabulario, les han quitado alevosamente el derecho de hablar, de pedir, de exigir, y ni siquiera tienen libertad para dialogar. Calladamente se someten a todo lo que él diga. Saben que necesitan ayuda, pero no pueden pedirla. Él las manipula para que queden entre sus redes, “nadie te va a creer”, “tienes que hacer lo que yo diga porque si te dejo nadie más se fijará en ti”, “si me das problemas vas a sufrir”, “tu familia sufrirá mucho si me das guerra, te arrepentirás toda la vida”, “nadie más te querrá, estás fea y gorda…”
Uno de los factores más dañinos es el miedo a empezar de nuevo. ¿Cómo, y con qué va a empezar? Si “él” le ha quitado todo, los hijos visten, comen, y van a la escuela con lo que él paga… Ellas no tienen dinero porque él se encargó desde un principio en hacerle creer y demostrarle que no necesitaba trabajar. Se encargó de que no pudiese ser independiente, y muy por el contrario, que siempre dependiese de él.
“No tienes necesidad de trabajar, porque para eso estoy yo” y así es, ante los ojos de todos, es el mejor proveedor, es amoroso y dedicado a su familia, pero ¿Quien recuerda que ella puso su amor, su vida y su patrimonio en las manos de su esposo? Quien más debería recordarlo es él, y lo ha olvidado, o pretende olvidarlo. ¿Y qué más da, si después de todo lo material no tiene la mayor importancia? Ellas soñaron con el amor, la unión, el respeto mutuo… y no lo tienen.
La sociedad juzga sin saber, pensamos erróneamente que ella, así es feliz. Y si ella está feliz con su situación, no hay motivo para intervenir. Damos por sentado que “eso es lo que ella escogió” que si no fuera feliz ya lo habría dejado, damos por sentado que las excusas que ella utiliza son ciertas, le creemos que “ese ojo morado fue un accidente” esos raspones en las piernas fueron por una “caída”, después de todo, son las físicas las que podemos ver, las que se pueden disimular… ¿Pero y las heridas emocionales? Esas heridas que no se ven pero que hacen más daño porque son dichas a cada momento, todos los días, por su esposo, el hombre que la ama, el buen padre y amigo, el profesional que sale todos los días a la oficina, clínica, o bufete de abogados a brindar la mejor de sus sonrisas, la mejor de sus actuaciones, a lo mejor defendiendo a alguna mujer victima de maltrato.
En nuestro papel de familia, amigas o conocidas de una mujer maltratada, debemos poner atención a las primeras señales de abuso, hablar con el maltratador, hacerle ver su error, buscar ayuda profesional, creo que como familiares y amigos jugamos un rol importante para hacer que el abuso y el maltrato paren, hablemos con la mujer abusada, hagámosle ver que aunque estén enamoradas abran los ojos para ver al agresor que marca golpes , que no se tapen lo oídos cuando les grita para que se calle y que nunca pierdan sus esperanzas.
Sensaciones de las alumnas, porque a veces un trabajo práctico para una materia es mucho más que eso.
Profe nosotras para este trabajo investigamos sobre el tema, llegamos a ver Blogs, videos sobre situaciones horribles, distintas cartas de las propias víctimas. Y algunas palabras fueron transcriptas acá, la verdad es que nos sorprendimos al ver tanta violencia, indiferencia de la sociedad a nivel mundial, injusticia y sobre todo MIEDO.
Fueron muchas las sensaciones que encontramos en distintas ocasiones con cada relato hablado o escrito de esta “mujeres”. Escribimos lo que nos pareció importante saber y para que todos se fijen en ello.
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