MENSAJE EDITORIAL

El Derecho rige nuestras vidas; en el día a día realizamos una enormidad de actos jurídicos, incluso sin pensar en ello. El artículo veinte de nuestro Código Civil presume a la ley como conocida por todos, ésta es una presunción que no admite prueba en contrario —conocida en el ambiente jurídico como iuris et de iure—. Por esto es sumamente importante que el Derecho sea efectivamente conocido, puesto que no es excusa el desconocimiento de éste para realizar un acto prohibido o impugnar un acto valido.

El objetivo de este blawg (blog+law) no es otro que el de contribuir al aprendizaje de la Ciencia Jurídica. Lo aquí publicado no es propiedad de ninguna persona, puede ser leído y utilizado por todos.

Cualquier persona puede publicar aquí sus trabajos con sólo enviar un e-mail a cgaraventa@live.com.ar el único requisito es creer en la libertad de expresión y el derecho a la educación (los trabajos no pueden ser anónimos, todos deben llevar el nombre del autor).

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domingo 27 de junio de 2010

LITERATURA Y DERECHO: Amores que matan.

Literatura y Derecho es una nueva sección que doy por iniciada hoy. Muchas veces las expresiones artísticas sueles tener un efecto más concietizador y educador que el mejor texto académico. Es muy común salir de una clase o una conferencia como si nada, pero salir del cine, o terminar de leer un cuanto, novela, poema, ver un cuadro, una foto, etc. y que eso nos deje pensando y reflexionando sobre un montón de cosas.
El siguiente cuento habla sobre un tema muy importante al que tal vez no se le da el destacamento que debería tener, y el cual la sociedad acepta como algo natural. Seguramente todos conocemos alguien que ha sido victima de la violencia de género. Lamentablemente las victimas suelen ser las primeras que naturalizan su situación y en lugar de buscar finalizarla cargan esa cruz hasta que la muerte las libere.

*****

HASTA QUE LA MUERTE ME LIBERE

Carlos Adrián Garaventa

Este relato pertenece a la ficción, sin embargo, no descarto la idea de que su protagonista pueda ser real.

-¿Qué?… “¿Quién soy?” -Mi nombre no tiene importancia. No quiero que recuerden mi nombre sino mi historia. Pueden llamarme como quieran: Silvana, Jimena, Cecilia, Mariela, Mariana, Tamara, Noelia, Cyntia, Sabrina, Nancy, Natalia, Flavia, Laura, Marianela, Emilia, Jessica, Adriana, Celeste, Micaela… No importa cómo, puedo ser cualquiera de ellas o no ser ninguna; lo importante es que cualquiera de ellas (cualquier mujer) puede ser yo. Además ¿qué es un nombre sino una forma de señalarme? No necesito uno porque se me puede apuntar como lo que soy, ¡una puta!. Me han llamado más veces “puta” que de cualquier otra forma; en ocasiones hasta dándome también un apellido: “puta de mierda”.
A pesar de mi corta vida creo que puede interesarles esto, una vida corta no es sinónimo de irrelevante. He vivido treinta y tres años, dicen que Jesús de Nazaret vivió ese mismo tiempo y le han dedicado parte del libro más importante de la historia. Díganme blasfema, si quieren, por compararme con “el señor”. Pero Dios no tocó nunca a mi puerta, y su única disculpa es que no existe. En fin, tal vez yo no haya nacido de una mujer virgen pero eso no debe restarme importancia. Tal vez mi madre no era virgen pero era una buena mujer, una que supo satisfacer a su hombre, no como esta puta que entre lágrimas intenta decirles algo y no sabe por donde empezar.
Cuando conocí a quien luego sería mi marido no me pareció que fuera el hombre más bello del mundo, de hecho, no me pareció que fuera muy lindo ni tampoco inteligente. Pero a diferencia de todos los que me ignoraban él supo notarme, darme su compañía y amor. Al principio siempre me decía a mi misma que con él me estaba conformando, después de todo ¿Qué más podía pretender? Ciertamente yo tampoco soy perfecta, es más, no se por qué escribo mi historia; un relato necesita de un héroe y yo soy todo lo contrario a una heroína. Lo importante es que el tiempo y la costumbre desvanecieron mis dudas iniciales y tras un largo noviazgo nos casamos un 29 de enero. Si hubiera sabido, yo, que la costumbre es mala consejera ¡ojalá lo hubiera sabido! Durante los primeros años de nivazgo fue siempre muy dulce conmigo, tanto como nunca nadie había sido. Pero, a pesar de su fealdad y su ignominia, conmigo no era ningún tonto, me conocía demasiado bien y sabía lo que la costumbre (¡esa maldita costumbre!) había hecho de mí. No le resultó difícil rebajarme, hacerme sentir que sin él yo no era nada, que nadie más en el mundo me querría como él. Así fueron nuestros últimos años de noviazgo hasta que finalmente (y por cansancio) acepté su propuesta de casamiento. Todavía no puedo creer que haya dicho que si cuando me preguntaron si estaría con él “hasta que la muerte nos separe”.
Al principio pensé que el matrimonio cambiaría esas actitudes suyas. Pensé que esa forma de actuar era por temor a perderme y que una vez que estuviera seguro de tenerme para toda su vida la modificaría. Pero siempre que lo vi cambiar fue para peor. Pareciera que todo lo que hago no es suficiente para él o está mal. Le di dos hermosas hijas. La verdad es que yo no quería ser madre, no me sentía lista aún, pero lo hice sólo por él. Sofía y Ariadna son las dos niñas más hermosas que vi en mi vida, y no lo digo porque sean mis hijas; nunca pude creer que de tan horribles padre y madre pudieran nacer semejantes preciosuras. Pero él siempre me reclamó que no pude darle ese varón, ese a quien llevar a la cancha y enseñarle a jugar a la pelota.
Con los años nuestro matrimonio se hacía cada vez más repugnante; a imagen que me perseguía todo el día era su mirada de odio cuando recién se levantaba a la mañana. Nunca fue de tener buen humor al levantarse pero esos ojos cargados de desprecio, como si le provocara nauseas haber dormido a mi lado era la peor de las torturas. Era aún peor que cuando venía de mal humor por el trabajo y se desquitaba la bronca pegándome. O cuando no pude planchar su camisa por tener que ir a buscar a Sofía a la casa de su amiga y, al llegar a casa, totalmente furioso por tener que hacerlo él, me apoyó la plancha caliente en la frente. Los golpes no me molestaban (dolían pero no molestaban). A fin de cuentas me los merecía, es por mi culpa que él tiene que ir a ese trabajo horrible, fui yo quien lo ató dos hijas “inútiles”. Y, en cuanto a las camisas, también estaba en lo cierto yo debía ser quien las planchara, él trabajaba todo el día para mantenerme y yo estaba en casa sin hacer nada. Pero esa mirada de asco por las mañanas, o cuando me decía que estaba gorda y fea, eso no lo podía soportar. Con una amiga comencé a ir a un gimnasio, yo quería ser perfecta para él, quería ser la mujer que merecía. Pero fue desde ese momento que mi nombre cambió; de ahí en adelante fui “puta”, “putita” o “puta de mierda”. ¡Dios! Hasta Ariadna me llamaba puta con una inocente sonrisa en los labios. Mi propia hija… mi propia hija.
A pesar de todo esto, no puedo evitar sentir que el peor día de mi vida fue el día que lo dejé, el día de hoy. Hoy cumplo treinta y tres años y con esta edad dejo a mi esposo y mis hijitas. Había planeado tener una noche especial con él. En la última semana prácticamente me morí de hambre y me maté en el gym sólo para estar delgada como él quiere. A la mañana llevé a Sofi y Ari a lo de mi suegra para que podamos estar solos y tranquilos. Mi suegra es una mujer fabulosa, nunca había conocido a una persona tan buena en el mundo, totalmente católica siempre “poniendo la otra mejilla”, pasaba más tiempo en la iglesia que en cualquier otro lugar. Parece mentira que tan buena madre haya parido semejante íncubo.
Mientras volvía a casa un chico se acercó a pedirme una moneda, en un momento de distracción que tuve por buscar algo de dinero para darle sacó un arma. -Dame todo o te quemo -dijo. Yo estaba muy asustada, jamás me habían asaltado, obviamente hice lo que me pidió. Llegué a casa temblando, él me estaba esperando. Mi marido me miró temblorosa y sudada. Observó mi mano y me preguntó qué había pasado con mi alianza, le conteste que me acababan de robar y él me miró con ese odio, ese desagrado con el que me miraba por las mañanas. -¡Puta de mierda! ¡estás con otro ¿no?! -dijo. Pero no fue lo que dijo, fueron sus ojos; tomé el cuchillo que se encontraba sobre la mesa (ese que él había usado para cortar la picada que estaba comiendo). Me abalancé sobre su garganta con el cuchillo para cortársela de una sola estocada pero me detuve y lo solté. -Te amo, sos el amor de mi vida -le dije. Él agarró mi cuello entre sus manos y empezó a cerrarlas, quise decirle que se detuviera pero sus pulgares habían inutilizado ya mis cuerdas vocales. De repente, todo se obscureció.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

EXCELENTE!

Carlos... te pasaste con el cuento!

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Reflexión:

Cuando uno es víctima de violencia psicológica construye en su psiquis un "otro yo" casi ingobernable, como si fuera una doble personalidad que se oculta y espera latente para atacar en momentos de furia. Hay que esforzarse por no pasar de víctima a victimario. Pero ese camino es durísimo. Requiere clarificar la preponderancia de ciertos valores y de los afectos. Sin embargo, es innegable que la violencia te marca a fuego, cual plancha en la cara.

Las exigencias del "modelo de belleza" nos llevan a las mujeres a una encrucijada. Por favor, BASTA DE TORTURARNOS CON LA GORDURA, o simplemente unos kilitos de más. ¿Acaso es un pecado? Porque sólo con una mirada teñida de desdén nos lleva a lo más bajo. Y aprender dónde está la campanilla cuesta un poco, pero no es imposible. Menos para alguien a punto de ser profesional. Una presión menos... todo sale (otras prefieren ni siquiera ingresar alimentos al cuerpo)... BASTA DE ESA PRESIÓN SOCIAL.... BASTA DE "BELLEZA" ANTINATURAL

La sociedad lo pide a gritos.. es casi imposible no caer, o al menos tropezar.


Fdo: La Dama Yacente