MENSAJE EDITORIAL

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martes 10 de mayo de 2011

¿Qué piensa la derecha?

SOBRE LA EVOLUCIÓN DE LAS IDEAS DE DERECHA DESDE LA REVOLUCIÓN FRANCESA HASTA LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL.


Por: Carlos Adrián Garaventa.


§1. Previo a explicar la evolución de las ideas de derecha es menester definir qué es la derecha. Los conceptos de derecha e izquierda fueron concebidos con la Revolución Francesa. La distinción se fundó, en un principio, en el lugar que ocupaban los representantes en el parlamento francés; a la derecha se sentaban los conservadores que querían recuperar el viejo régimen monárquico y a la izquierda los liberales propulsores de los ideales de liberté, egalité y fraternité de la Revolución. Empero, como señala el libertario Murray Rothbard, esta distinción pronto se verá trastocada, ya que durante el siglo XIX muchos de esos liberales se inclinaron a posiciones derechistas como, por ejemplo, el darwinismo social[1].

Según Norberto Bobbio, que realiza una clasificación actual de las ideas políticas, la distinción entre izquierda y derecha está dada por “[…] la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad […]”[2]; mientras que la izquierda tiende a ser igualitaria, la derecha es más desigualitaria, pero esto no significa que la primera pretenda la absoluta igualdad en todo y la segunda la absoluta desigualdad[3]. Este razonamiento viene dado por la imposibilidad que señala el autor de definir la igualdad, al que considera como un concepto relativo, no absoluto[4]. Ergo, diremos que algo es derecha o que es izquierda de acuerdo a lo que consideremos que es igualdad.

Tomando al liberalismo como eje, como hace Furet, clasificaré a sus dos reacciones opuestas: el comunismo a la izquierda y el fascismo a la derecha[5]. Como en el período temporal que analizaré —1789 a 1920— no había aparecido aún el fascismo (si el comunismo en 1917) hablaré de sus antecesores: conservadores, románticos contrarrevolucionarios, ultranacionalistas, racistas y antisemitas.

§2. Ya mencioné que el origen de la distinción de la derecha y la izquierda nace con la Revolución Francesa, Hobsbawn señala la importancia de esta revolución por su carácter ecuménico; a diferencia de las otras revoluciones contemporáneas que se producían en el mundo con características similares a la francesa —como, por ejemplo, la norteamericana— pero que no eran internacionalistas como ésta[6]. Este carácter ecuménico es lo que hará que toda la historia política posterior al Siglo XVIII vuelva constantemente sobre los pasos de la Revolución Francesa.

Entre los antecedentes de la Revolución Francesa debemos mencionar a la Revolución Americana. La decisión del monarca francés de ayudar a los norteamericanos en su levantamiento contra Inglaterra dejó a Francia sumida en una profunda crisis económica que degeneró en crisis política[7]. La Revolución comienza como un intento aristocrático de superar esta crisis política y recuperar los mandos del Estado, para ello, el Rey Luis XVI convoca los Estados Generales —vieja asamblea feudal del reino en donde se representaban los tres estamentos: el clero, la nobleza y el tercer Estado—. Lo que no tiene en cuenta el Rey es que el tercer Estado de 1787 no era el mismo que el de 1614 cuando los Estados Generales habían sido enterrados. La burguesía, nueva clase ilustrada y poseedora de riquezas se organiza como clase y logra llevar a cabo una revolución de masas[8] que derroca la monarquía en 1789 dando paso a una nueva sociedad de hombres libres e iguales.

§3. La primera derecha estuvo constituida, principalmente, por quienes habían sido quitados de su situación de privilegio: el clero y los nobles. Pero también los campesinos apoyaban a esta facción conservadora de la asamblea por la sencilla razón de que no eran una clase ilustrada como la burguesía y sus opiniones estaban formadas por sus amos (los nobles) y sus pastores (el clero).

Hacia abril de 1794 fueron guillotinados representantes tanto de la derecha como de la izquierda[9], lo que dio origen a lo que se llamó la época del terror y el avenimiento de Napoleón como el nuevo líder encargado del orden en Francia y que se encargaría de esparcir los ideales de la revolución por toda Europa.

Esta expansión de Francia conllevará a que en Alemania, viéndose invadido por su rival histórico, se desarrolle con gran fuerza un nuevo concepto de nacionalismo —diferente del nacionalismo francés originado en los ideales de inclusión de la Revolución— cerrado y elitista que será el detonante, según Habermas, de las catastróficas consecuencias del nazismo[10].

§4. El pensamiento de la ilustración desarrollado en el Siglo XVIII que da origen a la Revolución Francesa generará una fuerte reacción contrarrevolucionaria en el Siglo XIX[11]. “El pensamiento contrarrevolucionario se construyó sobre las ruinas del viejo pensamiento reaccionario, mero exponente de la inmemorial defensa del privilegio por parte de las clases dominantes”[12].

Louis de Bonald, un noble francés exiliado en Alemania fue de los primeros en representar este movimiento. Caracterizaba a la Revolución Francesa como producto del paganismo y origen del caos. Bonald proponía regresar al antiguo régimen feudal con un monarca absoluto y una nobleza hereditaria que administre el reino y garanticen la armonía.

Las ideas de Bonald fueron complementadas por Joseph de Maistre que tildaba a la Revolución como un castigo divino por el protestantismo y la filosofía de la ilustración. “Maistre afirma que los hombres son por naturaleza irracionales, anárquicos y destructivos. Con ellos sólo vale la fuerza y el terror que nadie sabe aplicar mejor que la monarquía y la iglesia, instituciones curtidas en la materia a través de los tiempos. La Revolución Francesa, por el contrario, ha impuesto autoridades racionales y ha dinamitado las tradicionales sembrando el caos”[13].

§5. Como señalé anteriormente, la expansión francesa generó una reacción ultranacionalista. Este nuevo nacionalismo (cerrado) unificaba a todos los individuos que reunían determinadas características comunes en contra de quines no reunían dichas características. El ultranacionalismo servirá, por un lado, para frenar el avance de los ideales de la Revolución Francesa y, por otro, para desarticular la organización del proletariado en contra de la burguesía que predicaban los socialistas; uniendo proletarios y burgueses de una nación en contra de los integrantes de las otras.

“Barrès concibe a la nación como el lugar trascendente en el que el hombre recibe tradiciones, historia, costumbres, seguridad y sentido de permanencia. Estar arraigado es una necesidad para el individuo, porque el hombre no es duelo de sus pensamientos y emociones, sino tan sólo un vehículo de las fuerzas producidas por la colectividad. La raza y no el individuo, es la unidad de grupo histórica y viva[14].

La transformación reaccionaria del nacionalismo culminará con Charles Maurras, éste odia profundamente al capitalismo por imponer el culto al dinero, y a la democracia por corroer la nación, la familia y la tradición. Maurras propone la vuelta a una monarquía tradicional, hereditaria (aunque no por la sangre), antiparlamentaria y descentralizada (para evitar el crecimiento de un Estado republicano o socialista)[15]. Sin embargo, la monarquía que propone Maurras no se basa en reyes concretos con mandato divino, sino en la selección natural. El Rey es un funcionario de la nación, y al servicio de los intereses nacionales. Aquí, la idea de monarquía de Maurras se parece mucho, y hasta llega a explicar, la paradoja hobbesiana de un monarca absoluto elegido por hombres libres e iguales. Hobbes nos dice que: […] del pacto de cada hombre con cada hombre, como si todo hombre debiera decir a todo hombre: autorizo y abandono el derecho de gobernarme a mi mismo, a este hombre o asamblea de hombres, con la condición de que tu abandones el derecho a ello y autorices todas tus acción de manera semejante. Hecho esto la multiplicidad así unida en una persona se llama República, en latín Civitas. Ésta es la generación de un gran Leviatán o más bien (por hablar con mayor reverencia) de ese Dios mortal a quien debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y defensa”[16].

¿Por qué digo que explica la paradoja hobbesiana? Porque los hombres nacen libres y esa libertad —que exalta la Revolución Francesa— los lleva al caos, entonces, en tanto hombres libres, ceden su libertad para garantizar su seguridad por medio de un monarca que los protege en tanto son iguales por pertenecer a la misma nación.

§6. Los ultranacionalistas trazarán una analogía entre la nación y el cuerpo humano. Los nacionales son iguales entre sí en tanto y en cuanto son miembros del mismo cuerpo. Aquellos que son distintos son enemigos del cuerpo. Como resalté anteriormente, para el ultranacionalismo, la raza reemplaza al individuo, quien es de diferente raza no es parte del cuerpo y por lo tanto no es igual a los integrantes de éste.

El ultranacionalismo parió al racismo y al antisemitismo, durante el Siglo XIX se desarrollaron teorías pseudocientíficas para justificar la existencia de razas superiores e inferiores. Tal vez la más conocida sea el darwinismo social, pero fue Herbert Spencer, y no Darwin, quien acuñó la idea de la supervivencia de los más aptos; de la misma forma que el conde galo Arthur de Gobineau publicó su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas unos años antes de que Darwin publicara su obra en 1859[17].

El racismo sostiene la idea de que existe una raza blanca y pura (aria) superior a la amarilla, que no posee todas las características de la blanca, y finalmente la negra. Pero la idea de una raza pura traerá aparejado el antisemitismo pseudocientífico, diferente pero complementario del que había engendrado la iglesia católica al calificar a los judíos como el pueblo asesino de Dios. Los judíos eran considerados un pueblo que le rinde culto al demonio y odian a Dios; además, se mezclan con los blancos despurificando la raza. Los judíos serán considerados entonces como partes malignas de ese cuerpo que es la nación. Como si fueran el cáncer en el cuerpo humano, y, como enfermedad para el cuerpo, los racistas propondrán su eliminación.

§7. Todas estas ideas se concentrarán como agua en una olla a presión que hervirá hasta estallar en el Siglo XX. Hay quienes afirman que la Revolución Francesa fue una consecuencia de la frase de Descartes cogito ergo sum; si así fue, todos estos pensamientos desarrollados en poco más de cien años estallaron en la peor de las catástrofes de la humanidad. Las ideas tiene consecuencias, y las consecuencias de éstas —amplificadas, incluso, por el temor a las ideas de la izquierda— fueron dos guerras mundiales con millones de muertos y un continente completamente desvastado dos veces.

Hacia fines del siglo XIX habían surgido seis formas de derecha: 1. Una derecha tradicionalista monárquica; 2. Programas para una reorganización socioeconómica y política corporativa; 3. Un autoritarismo neomonárquico como nacionalismo integral; 4. Nuevos programas de autoritarismo constitucional moderado o liberalismo autoritario; 5. Una nueva derecha autoritaria y modernizadora; 6. Nuevas doctrinas revolucionarias o semirrevolucionarias de nacional socialismo y nacional sindicalismo. Estas últimas dos son el preludio del fascismo, no estaban interesadas en el tradicionalismo, sino en el autoritarismo y la expansión imperialista gracias al potencial guerrero y revolucionario del nacionalismo. Todo esto en busca de una nueva sociedad futura y más evolucionada; de aquí surgirá la frase del italiano Giovanni Papini publicada en el periódico futurista Lacerba, “El futuro necesita sangre. Necesita víctimas humanas, matanzas. La guerra interior y la guerra exterior, revolución y conquista: esto es la historia… La sangre es el vino de los pueblos fuertes, y la sangre es el petróleo para las ruedas de esta gran maquina que vuela del pasado al futuro”. Esto fue publicado en 1913, un año antes de que estallara la primera guerra, y con palabras así llegando a toda la población no es extraño que la catástrofe se hiciera presente.

Entrado el Siglo XX se produjeron en todos los países europeos distintos movimientos derechistas muy importantes por su trascendencia, peor me limitaré a citar sólo uno que se produjo en Alemania porque es la síntesis, la condensación, de todas las ideas de derecha que se desarrollaron durante el Siglo XIX. Me refiero al Völkisch, término que se deriva de das volk (el pueblo). El Völkisch fue un movimiento romántico de un populismo cultural y filosófico; era de tono místico y abarcaba una especie de racionalismo muy abstracto divorciado del pensamiento analítico. El Völkisch apelaba a la unidad del pueblo pues era esencialmente ultranacionalista. Esta característica de unión y fraternidad caracterizará al fascismo, termino que viene del italiano fascio y deriva etimológicamente del latín fascis, del cual proviene la palabra castellana haz utilizada para mencionar el conjunto de algo—en el caso del fascismo, conjunto de nacionales iguales—. Por ser ultranacionalista era racista y antisemita.

Son interminables los ejemplos de distintos movimientos derechistas en el Siglo XX, pero valía la pena mencionar este porque: “En 1900 la cultura Völkisch era predominante en Alemania y sus zonas de influencia. El Estado derivó en objeto de culto para el nuevo nacionalismo, un Estado que ya no se legitimaba por la fuerza o el mandato divino, y menos por el consenso, sino por su identidad trascendente supraindividual. Aquí se encuentra el nuevo germen el totalitarismo contemporáneo, porque el poder ilimitado del nuevo estado ultranacionalista es mucho más poderoso que el premoderno, ya que va más allá de la negación de la individualidad y niega también la humanidad entera”[18]. El objetivo de este nuevo movimiento, y de todos los movimientos derechistas de las primeras dos décadas del Siglo XX, será eliminar la Revolución Francesa con sus ideales de libertad e igualdad.



[1] ROTHBARD, Murray, Hacia una libertad. El manifiesto libertario, Grito Sagrado, Buenos Aires, 2005, p. 29.

[2] BOBBIO, Norberto, Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política, Madrid, Taurus, 1995, p. 135.

[3] Ibídem, p. 144.

[4] Ibídem, p. 136.

[5] FURET, François y ERNST, Nolte, Fascismo y comunismo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1999, p. 16.

[6] HOBSBAWN, Eric, Las revoluciones burguesas, Guadarrana, Madrid, 1971, p. 55.

[7] Ibídem, pp. 58/59.

[8] Ibídem, p. 59.

[9] Ibídem, p. 71.

[10] HABERMAS, Jürgen, Identidades nacionales y postnacionales, Madrid, Tecnos, 1989, p. 92/93.

[11] ANTON, Joan y MARCO, Esteban, “Pensamiento contrarrevolucionario (de Maistre a Maurras)”, en: ANTÓN, Joan, y otros, Ideologías y movimientos políticos contemporáneos, Tecnos, Madrid, 2006, p. 117.

[12] Ibídem, p. 118.

[13] Ibídem, p. 120.

[14] Ibídem, p. 125. (El subrayado me pertenece).

[15] Ibídem, p. 126.

[16] HOBBES , Thomas, Leviatán, Losada, Buenos Aires, 2003, p. 164.

[17] ANTON, Joan y MARCO, Esteban, “Pensamiento… cit., pp. 121/122.

[18] Ibídem, p. 127.