

EXPOSCIÓN DE LA PONENCIA LA DIALÉCTICA DEL FASCISMO: PARADOJA [IN]ELUDIBLE DE LA DEMOCRACIA.
Carlos Adrián Garaventa.
En su República Platón enuncia una tesis que hasta nuestros días sigue teniendo actualidad. De hecho, podríamos afirmar —sin riesgo de equivocarnos— que las ideas de lo que se conoce en política como “la derecha” no ha cambiado mucho de lo que el filósofo griego pensaba. Según Platón, la tiranía (que para él es el más hermoso de los gobiernos) surge de la democracia; afirma que el exceso de libertad que hay en la democracia se convierte en libertinaje y el pueblo mismo reclama un líder tiránico que ponga orden frente al caos. Mi ponencia parte de aquella idea de Platón combinada con una dialéctica del Estado y el totalitarismo que divisa el profesor Aníbal D´Auria según la cual el Estado nace como monarquía (tesis) para luego democratizarse (antítesis) y terminar siendo una autocracia (síntesis).
Lo que busco en mi ponencia es estudiar como las experiencias del totalitarismo napoleónico, el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania han seguido las directrices tanto de la tesis de Platón como de la dialéctica que D´Auria comenta. La hipótesis que sostengo es que el fascismo es consecuencia de la democracia y toda democracia corre el peligro de convertirse en fascismo. Finalmente, a partir de la contrastación de esta hipótesis con ciertas políticas que se llevan a cabo en la Unión Europea intento explicar el peligro de una amenaza fascista en el súper-Estado que genera la integración.
Si bien el fascismo se define a sí mismo como un movimiento apolítico, lo cierto es que, como afirma Norberto Bobbio, fue portador de una ideología destructiva en la que se destacan más los odios que los amores. Estos odios se concentran contra todo lo que la Revolución Francesa significa, el gran enemigo del fascismo son los ideales que surgen de esta revolución. El fascismo se distingue como movimiento político a partir de que sostiene cuatro odios que lo caracterizan.
El primero es el odio al liberalismo, el fascismo es esencialmente anti-liberal. Por oponerse al liberalismo es también anti-igualitario. Por odiar la libertad y la igualdad el fascista sostiene que hay hombres mejores y peores y que deben gobernar los mejores y obedecer los peores, es decir que el fascismo es también anti-democrático. Finalmente, por odiar la igualdad y la democracia, el fascismo es visceralmente anti-socialista.
Estas cuatro características traen aparejadas cuatro paradojas: La primera es que si bien el fascismo es anti-liberal, esto es sólo en el plano político ya que es defensor del liberalismo económico y, de hecho, el libre mercado le sirve como fundamento para sostener su idea de desigualdad y de supervivencia del mejor por sobre el peor. La segunda se da en tanto que si bien el fascismo es anti-igualitario, está muy ligado a la idea de nacionalismo en el sentido de un nacionalismo cerrado en donde se define a la nación como un cuerpo y a los nacionales como iguales en tanto partes conformantes de ese cuerpo. La tercera paradoja es en la que se concentra mi ponencia: si bien el fascismo es anti-democrático, a diferencia de los movimientos contra-revolucionarios que lo antecedieron, busca llegar al poder no mediante golpes de Estado sino a través del voto popular; el fascismo alcanza el poder gracias a la democracia y, desde allí, la elimina. La cuarta y última paradoja es muy interesante y está dada en tanto que si bien el fascismo es anti-socialista se vale del discurso del socialismo y se propone a sí mismo como lo autentica revolución (no como una contra-revolución como los movimientos de derecha que lo precedieron); el fascismo es la revolución, una distinta del capitalismo y el comunismo “ni yanquis ni marxistas,…”.
Veamos cómo funciona nuestra paradoja en función de la tesis de Platón y la dialéctica de D´Auria en tres cosos históricos. Dos indiscutidos fascismos y un totalitarismo al que se le suele dar un nombre diferente (bonapartismo) pero que, en la forma, funcionó como el fascismo.
La Revolución Francesa es el momento histórico en el que se produce la primera etapa de nuestra dialéctica: un estado autoritario (tesis) que mediante una revolución se democratiza (antítesis). Cuando se le corta la cabeza a Luis XVI y a su mujer María Antonieta de Austria en 1789 se instaura un gobierno del pueblo francés. Sin embargo, el invento que les permitió a los franceses fusilar a su antiguo Rey por Derecho Divino (la guillotina) y el cargo por el cual fue juzgado (traición a la patria) servirá para que con incalculable salvajismo se juzguen y degüellen a las minorías de las asambleas generando lo que algunos historiadores llaman la “época del terror”. Hacia 1794 ya habían sido degollados gran cantidad de los representantes tanto de la derecha (los que se oponían a las ideas de la revolución) como de la izquierda (los que estaban a favor de seguir profundizando la revolución) conforme cambiaban las mayorías y minorías en la asamblea. Si a esto le sumamos que hacia 1793 Francia se encontraba en guerra con la mayor parte de Europa no debe resultarnos extraño que se destacara la figura de un militar como Napoleón Bonaparte como un hombre fuerte dispuesto a poner orden en esta sociedad barbárica. Napoleón llega al poder en 1799; es nombrado cónsul vitalicio y luego emperador. Napoleón fue el hombre de la Revolución Francesa, un hombre común que llegó a más que los nacidos para llevar una corona y su plan de gobierno consistió en destruir lo que la revolución jacobina había intentado instaurar. En esto último vemos la segunda etapa de nuestra dialéctica, la democracia (antítesis) se convierte en autocracia (síntesis) y se corrobora, además, la tesis de Platón de la barbarie democrática de asesinar minorías surge la figura del tirano que viene a poner fin a toda discusión de mayorías/minorías.
En el caso italiano, este Estado se unifica a partir del movimiento del Risorgimiento, impulsado por la elite italiana del Siglo XIX. El sistema político italiano estaba constituido a partir de una monarquía constitucional y votaban solamente quienes pertenecían a la clase alta o media-alta. A principio del Siglo XX se desarrolla otro movimiento cultural que es el futurismo, es un movimiento fuertemente nacionalista y pro-guerra que lleva a Italia a unirse a los aliados en la Primera Guerra Mundial. Cuando los aliados ganan la guerra Italia se termina de democratizar; pero los italianos no se sienten muy a gusto con los resultados de la guerra ya que si bien Italia pertenece al bando ganador su victoria no es suficientemente reconocida. Este resentimiento nacionalista será aprovechado por Mussolini, un socialista expulsado del partido por ser partidario de la guerra que le habla al pueblo con el discurso socialista pero exaltando sus pasiones nacionalistas. En 1922 Mussolini llega al poder con el apoyo masivo de la sociedad italiana y, desde allí, se encargará de desbaratar el aparato democrático italiano.
El caso alemán es muy particular porque Alemania se unifica como Estado en 1871 después de vencer en guerra a Francia, su enemigo histórico y el principal impulsor de las ideas de la Revolution. Esto no es un dato menor porque Alemania se unifica como el anti-Francia. Será un imperio regido por el Kaiser, crecerá económicamente muy rápido y, con el avenimiento de la etapa imperialista del capitalismo buscará conquistar territorios y tener colonias. Al verse imposibilitado para llevar esto adelante porque el mundo ya había sido repartido entre los Estados que llegaron a ser potencias con anterioridad, la Primera Guerra Mundial se le presenta como una importante oportunidad para destruir el mundo que se había instaurado y convertirse en la potencia reinante. Cuando el gobierno alemán sabe que está a punto de perder la guerra se retira instaurado un régimen democrático (la República de Weimar). Finalmente Alemania pierde la guerra y debe firmar el Tratado de Versalles que, en ojos de los alemanes, fue vender a Alemania. No es un dato menor que este tratado sea firmado por los representantes democráticamente electos de la República de Weimar, para el nacionalista alemán, la democracia vendió a Alemania. Con un gobierno democrático no muy querido y el surgimiento de una figura política que se perfilaba como un hombre fuerte y dispuesto a devolverle la dignidad perdida al pueblo alemán. Un hombre que además supo explotar muy bien el odio antisemita que sentía este pueblo y poner al judío como chivo expiatorio de los problemas del país, proponiendo como política de su gobierno la persecución y eliminación del problema. No debe resultarnos extraño que Adolf Hitler tuviera el apoyo democrático que tuvo y que, una vez en el poder en 1933, a los alemanes no les molestara que desbaratara el sistema democrático.
Con estos casos intento mostrar como la existencia de un sistema de gobierno democrático no garantiza nada acerca de que no surgirá jamás un régimen fascista. Sin embargo, creo que tampoco hay que vivir temiendo a la democracia y lo que las mayorías puedan generar; lo único que podemos hacer es que no estamos vacunados contra nada y cuidar nuestra democracia de todo tipo de brote fascista que detectemos.
En este punto me parece importante resaltar la importancia de prestar mucha atención a lo que es la política de la Unión Europea hoy en cuanto al trato a los inmigrantes no-europeos. La evolución de los pilares intergubernamentales del Tratado de la Unión Europea destinados al control de las fronteras y el terrorismo internacional (PESC y CAJAI) en pilares comunitarios con la firma del Tratado de Lisboa; tratado que también, vale la pena mencionar aumenta el nivel de democratización de la Unión Europea.
La Unión surge con la firma de los Tratados de Roma de 1957 con un enorme déficit democrático, cediendo soberanía estatal sin siquiera consultarle al pueblo; dicho de otras palabras surge como un auténtico totalitarismo (tesis). Con el paso de los años y las críticas al déficit democrático se comienza a democratizar la Unión con la firma del Tratado de Maastricht de 1992 (TUE), pero que al mismo tiempo crea los pilares PESC y CAJAI como intergubernamentales. Finalmente el Tratado de Lisboa profundiza la democracia en la Unión (antítesis) pero también los pilares PESC y CAJAI que son una buena forma de poner el aparato jurídico-estatal al servicio de la caza de inmigrantes no-europeos. Estos factores, combinados con una crisis económica y política en Europa, y vistos a través de la lente que nos proporciona la dialéctica del fascismo son elementos a tener en cuanta a fin de prevenir catástrofes.
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